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Todo sobre astarté (y Málaga) I

Y viendo tal película, fué como me enrolaron (más bien me dejé enrolar) en un viaje de locos a Málaga. Una visita lúdico festiva a la feria más versátil que he visitado en mi vida.

Una semana entera deciendo si ir o no ir. La compañía prometía, y no porque fuera nadie especial, sino porque la normalidad de la compañía, lo común de la voz que intentaban convencerme, lo familiar y cercano que era, era… especial.

Y no dudeis que no tentaba, ante la alternativa de pasar unos días más en Sevilla capital mundial del calor veraniego, para mí ese mes, del aburrimiento sin límites, cualquier excusa de proyecto tentaba. Tanto, que hasta yo, sin tener nada claro, y con la cabeza un poco hinchada de darle al vicio de pensar, quise ir.

Fin de semana malagueño, fin de semana tan rápido, que acabó el mismo viernes, porque no llegué a moverme de mi silla. “La opción día perfecto no se encuentra disponible en este momento, por favor, inténtelo de nuevo más tarde” recuerdas?

Más tarde fué un lunes. Fiesta, quince de agosto (creo). De repente, seguía con mis conversaciones, en esta ocasión diurnas. Y la voz cálida y familiar aparació en pantalla.¡Vamonos ahora! ¿estas loca?… ¿sabes una cosa? ¡yo sí! ¡vamonos!

Autobús, ¿Málaga estará cerca? Si que estaba. Yo salía desde Sevilla, nos encontraríamos allí. No iba demasiado solo, Jorge Bucai iba conmigo, no sé si acertadamente porque el hombre es algo espeso y concienzudo, aunque de mente abierta y liberal. Estaba agobiado, no sabía muy bien dónde iba a ir. “A casa de una amiga de mi facultad” “Es muy simpática, ya la conocerás” “Y me llevo gente que conoces”. No sé hasta que punto me tranquilizaba. Por si acaso, para acallar fantasmas le escribí un sms (sí, en aquél entonces tenía saldo, qué tiempos aquellos). “Ya estoy en el autobús, te veo en Málaga. No me dejes solo. Besos”. Me relajó. Es curioso como un simple gesto pulgar (o unos cuantos) pueden engañarnos de tal forma, que sin recibir respuesta nos tranquilizamos en un momento.

Iba yo reflexionando sobre la vida y el amor, intoxicado de parejas felices que Jorge Bucay me retrataba, haciendo análisis que simplificaban el amor a unos términos monómicos. Mi vecino del asiento 41 (porque sí, iba en el asiento 42, con mi culo en todo el centro mismo del sentido de la vida) sacó otro libro, muerto de envidia. Entonces sonó mi móvil.

Nadie me diría que sería la antepenúltima relación teléfonica con Poly. Dondequiera que estés… estáte bien.

Mi amigo-41 se interesaba por la conversación. Hecho que corroboraba en demasía mi opinión, estaba aburrido, no sabía que hacer. Y yo no sabía ya que tipo de claves inventarme para poder hablar con Poly sin salir en el “Hola?”.

Así, entre unos y otros pasó el viaje rápido. Todavía pensaba que no sabía que pintaba yo allí, en ese autobús camino de Málaga, pero bueno, a menos de 15 kilómetros de la capital andaluza ya no tenían sentido los miedos y terrores, no sabía bien que me esperaba… pero seguro que terminaría siendo como siempre, bien.

A puntito de llegar a la estación la llamé a ella, necesitaba que su voz me confirmará que no pasaba nada, que iba de camino igual que yo. Que nos veríamos allí, en la estación, después de tanto, y que hablaríamos de tantas cosas… “¡Hola! Estoy llegando a la estación, ¿por dónde vas tú? ¡Qué! ¡Qué todavía no has salido de Algeciras! ¿Por qué? ¿Qué? ¿Qué no me enfade de qué?”. Se le acabó la batería del móvil. No sabía que pensar, y no quería pensar en lo que me acababa de decir. Cogí aire. Y tranquilamente me puse en la peor de las situaciones. Lo peor que me pudiera pasar de todo… que me quedara solo en Málaga y que no hubiera autobuses de vuelta para Sevilla hasta mañana. Bueno… cogí más aire. En ese caso… más aire, más.

En ese caso me iría a la feria. No importa nada, ni nadie. Se me planteaba un reto interesante, para mí, ser asocial en un 70% de composición, debería de pasar una noche solo en una ciudad extraña. Bien mirado, tenía montones de ganas de ver Málaga otra vez… y podía dejar las cosas en la taquilla de la estación, tampoco me moriría por la calle… y si después de tantas vueltas había acabado allí, no podía desperdiciar el viaje.

Así estaba yo, dopándome de melisa y valeriana virtual, cuando ya el autobús entró en las dársenas.

Me esperé el último del autobús. En realidad buscaba una cara amiga, alguien con ese tipo de cara, que con sólo una sonrisa te quita siglos de estrés, y cantidades de arrugas. Y, fijaros por donde, que lo encontré. Un hombre alto, sentado al principio del autobús. Ya lo conocía. Al entrar, al empezar todo, estaba un poco nervioso, y no encontraba la numeración de los asintos. Los hilos de pensamiento de mi cabeza se bloquearon un poco, porque tenía gente detrás mía esperando para poder pasar, y yo no quería avanzar mucho para no pasarme. Son las típicas cosas en las que destaco, mi soberano sentimiento de ridículo. Para mí, sería un ridículo enorme pasarme de mi asiento, pero tenía a montones de personsas esperando… la situación era tensa. Entonces miré arriba buscando el numerito del demonio. El chico alto se levantó, me sonrío y me señaló la posición exacta.

Ahora le sonreí, no sé por qué. Supongo que quería que me sonriera y me señalara el siguiente paso. Él sólo sonrió. Se lo agradezco igualmente. Tranquilizó.

Bajé del bus. Me senté en un banco. Me levanté. Deje el mochilón en el banco. Pensé en llamarla desde una cabina. ¡Si ella no tenía batería en el móvil! Me volví a sentar. Me llamó ella. ”Hola, perdona, no te asustes, no te enfades. No puedo ir a Málaga. No quedan autobuses en todo el día. Hasta mañana nada. Yo intentaré convencer a alguien. No sé si no-se-quién querrá ir y me podrá llevar en coche.” ¿Y ahora qué? Podía llamar por teléfono a la la-amiga-de-mi-facultad-que-te-va-a-caer-muy-bien, pero no, ”No llames a la-de-mi-facultad, llama a la-loca.” Pero… la-de-la-facultad era malagueña, y la-loca no… Bueno… confiaremos en la voz… pero ya no cálida y familiar, ahora extrañamente agobiada y estresante. ”¡Hola! Soy yo, si, la-voz me dijo que te avisara. ¿Venías para Málaga? ¿Cuanto os queda? ¿Qué estais en Marbella? ¿Que la-de-la-facultad no viene esta noche? ¿Pero cómo? Vale… sí, bien, nos vemos. No tardeis.”

Genial. No tenía donde quedarme esa noche. ”La-de-la-facultad no sale esta noche, así que dormiremos en la playa o algo así”. El mochilón lo dejaría en el coche, porque por lo menos tenían coche… pero… lo otro. No tenía dónde arreglarme. Obviamente, la-loca llegaría y nos iríamos a la feria… pero yo iba vestido de gualtrapilla, modelo viaje autobusero. Ella lo había visto todo muy fácil… pero claro… yo y mi sentido del ridículo no lo llevabamos muy bien.

En realidad, no tenía muchas más opciones… así que me armé de valor, me eché el mochilón al hombro y empecé a andar. ”Te cambias en los servicios de la estación para que cuando lleguemos estes listo ¿eh?”. ¿Había más solución? Esperé a que saliera todo el mundo del baño (menos mal que no era hora punta) y entré en un reservado.

Puse las cosas donde ví que podía, no quería que nada mío tocara el suelo, o el váter. Me empecé a cambiar, muy rápido. No tenía ganas de que me abrieran la puerta y me encontraran sin pantalones… (el pestillo no funcionaba, ¿para qué?) y mucho menos después de leer algunos de los mensajes de las paredes y de la puerta (que no reproduciré).

En realidad me animé, ya todo sería mejor… porque algo que comienza con estas dosis de surrealidad, tiene que tender a la normalidad. Y yo esa noche iba a salir por la feria y a disfrutar. (Se nota que ya tenía los pantalones subidos, y que lo único que me quedaba era echarme colonia y abrocharme la camisa).

Salí del servicio. Todas las colas de las taquillas de la estación me miraban. Supongo que se fijarían en mi cara de circunstancias anterior, y se habrían dado cuenta de mi cambio de aspecto. ¿Qué estarían pensando? Bueno da igual. Salí a la calle, a una plazita de en frente. Que me diera el aire mientras me comía el bocadillo que me había hecho mi madre.

Le escribí un mensaje a Poly, ”Por favor llamam锺, necesitaba contarle lo que me estaba pasando a alguien y a ella no le costaba mucho llamarme. Iba a ser la penúltima vez que hablaría con ella.

Le empecé a contar, pero no pude acabar. ”Lo siento, llega mi novio y tengo que atenderle”. ¡Pero yo estoy solo en Málaga esperando que lleguen las amigas de la-voz y sin la-voz! Que injusta que es la vida a veces…

No hay mal que por bien no venga. Me llamó la-voz. ”Lo siento. No he conseguido ir. Pero mañana llegó. Prometido.” Estuvimos hablando hasta que una chica me dió un abrazo. La-loca había llegado. Me despedí de la-voz y me metí en el coche… deseando que las cosas fueran un poco más normales a partir de entonces… pero todavía quedaba la feria, y la noche incierta en… ¿dónde? ¿dónde iba a dormir?

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